Discurso de Fuentes Quintana 1977

16:28 minutos


En junio de 1977 fue designado senador por designación real. Tras las elecciones generales, el 15 de junio de 1977, se constituyó el tercer gobierno de la monarquía, bajo la presidencia de Adolfo Suárez en el que fue nombrado Vicepresidente segundo para Asuntos Económicos, permaneció en el gobierno hasta su dimisión el 23 de febrero de 1978.

La primera actuación pública de Fuentes Quintana como ministro de Economía, fue una intervención en televisión española (vídeo), tres días después de su nombramiento, en horario de máxima audiencia. La prensa hizo un gran seguimiento de dicha intervención, en ella puso de manifiesto que había accedido a su puesto solo por la delicada situación económica y social que vivía el país en esos momentos. Los principales problemas planteados eran inflación, paro y déficit exterior. Para su solución pedía la colaboración responsable de todos los grupos y partidos políticos.
Desde su puesto de viciepresidente económico llevó a cabo el Programa de Saneamiento y Reforma Económica acordado por las fuerzas democráticas en los Pactos de la Moncloa así como una profunda reforma fiscal que proporcionó a la Hacienda Española la equidad y la eficacia que el sistema democrático recién estrenado requería y la modernizó con arreglo al modelo dominante en el resto del mundo occidental.

ARTICULO PARA RECORDAR: Muy  pocos profesionales podrían haber escrito como el profesor. (Fuente El Pais 7 jul 1995)

 

TRIBUNA: ENRIQUE FUENTES QUINTANA
El ciclo del presupuesto español , y el déficit público


LAS CUENTAS DEL ESTADO , ENRIQUE FUENTES QUINTANA:

 El autor destaca las dificultades que encuentran los ministros de Hacienda para elaborar unos presupuestos restrictivos.
ENRIQUE FUENTES QUINTANA 07/07/1995 El Pais.

El proceso presupuestario español ha descrito un ciclo vital compuesto por seis fases diferentes. Se inicia anualmente con la fase de primavera, que ocupa los meses de abril y mayo. En esa etapa se parte de las cifras del presupuesto ejecutado del ejercicio anterior, que ha ido acumulando, con incrementos de cada año, un nivel considerable que alcanza hoy prácticamente la mitad del PIB. El presupuesto ejecutado del que se parte transmite, además, un déficit público que ha acompañado a nuestra Hacienda pública todos los años de nuestra democracia. Las autoridades financieras proclaman solemnemente -desde hace algún tiempo- la urgencia de poner remedio a este comportamiento continuado de mayor gasto público anual que endeuda al país más allá de cualquier límite razonable y que eleva los precios y los tipos de interés imposibilitando el crecimiento. de la economía.Ese proclamado rigor presupuestario no se manifiesta en el compromiso público de uña cifra máxima de gasto o de una tasa de aumento limitado de la deuda pública, ni reformando el proceso presupuestario que ha tolerado la indisciplina del gasto y la permanencia del déficit público. Esas posibles reformas, que debían interpretar una verdadera política de rigor presupuestario, se sustituyen por una autoafirmación retórica del pretendido rigor en el presupuesto. Algo así como: " ¡Temblad: el próximo presupuesto será el más restrictivo de la historia reciente del país!". Ese mensaje primaveral agita a los grupos sociales que reciben del presupuesto las rentas de las que viven y transmiten su alarma ante esas pretensiones de rigor del futuro presupuesto. Las quejas se escuchan en los finales de mayo y comienzos de junio de cada año, testimoniando una situación de inquietud generalizada entre pensionistas, funcionarios, parados y los perceptores de subvenciones públicas de toda clase y condición. La alarmante inquietud de esos grupos es políticamente poderosa en términos de votos y de a simpatía social que despierta la modestia de sus ingresos, dependientes de las transferencias presupuestarias.,

Esas quejas encuentran la acomodada respuesta en quienes dirigen la política presupustaria de! país. Estamos en presencia de la segunda fase del ciclo presupuestario. Las autoridades financieras emiten su mensaje tranquilizador: no hay motivo de queja ni alarma, ya que esas reivindicaciones serán atendidas por el presupuesto próximo, que respetará íntegramente las partidas presupuestarias que han suscitado las quejas populares.

Entramos, así, en la tercera fase del presupuesto: la de la aritmética política. El ministro de Economía y Hacienda ejerce aquí su función principal: ser el gran sumador del Reino. Suma las partidas del próximo presupuesto: las que le envían con urgencia imperativa sus compañeros: los ministros del gasto, las que se derivan de los compromisos adquiridos por las leyes aprobadas durante el ejercicio, que incorporan siempre partidas de mayor gasto público, pues esas leyes contienen una cláusula final de estilo muy costosa: "Por el Ministerio de Economía y Hacienda se habilitarán los créditos oportunos para el cumplimiento de esta ley". Esa suma de gastos cuenta también con los gastos públicos -aumentados incluso- que han causado la protesta de los grupos sociales quejosos por el anunciado rigor para el próximo presupuesto en la primavera. Ese ejercicio aritmético de suma de gastos, pedidos y comprometidos termina en una cifra que aterra a quien realiza la agregación porque supera ampliamente siempre a la cifra del gasto del pasado ejercicio.

Tras esta suma de los gastos públicos totales, el ministro de Economía y Hacienda inicia la operación de la resta, calculando lo que pedan ser los inpgresos públicos procedentes del rendimiento previsto de los impuestos y otras partidas. Por mucho que estire esos ingresos previstos, la cuenta no cuadra: los gastos públicos superan ampliamente a los ingresos previstos, lo que aumentará el déficit público, con todas las consecuencias negativas del mismo, que se proclaman y reconocen cada día por todos los informes económicos de los centros de estudio de fuera y de dentro del país e incluso del presidente del Gobierno, el ministro de Hacienda y otros ministros del Gobierno (no todos). -

¿Cómo cuadrar una cuenta presupuestaria tan desajustada? No existen más que dos alternativas evidentes: reduciendo los gastos o aumentando los impuestos. Es ésa la opción que amarga los meses centrales del año del ministro de Economía y Hacienda, y ello por las obvias dificultades para resolver su problema, que se encuentra en ambas direcciones. La primerade ellas es la de disminuir los gastos públicos. Cuando el ministro de Economía y Hcienda revela la cifra a la que hallegado en su suma de los gastos púbicos, la sociedad, los ministerios de gasto público y la oposición política -desde luego- se asustan ante sus presupuestaria dimensiones y suelen proclamar su repulsa ante una cifra que manifiesta un afán de gasto calificado, con frecuencia, de despilfarrador. Todos se asustan de la suma del ministro de Economía y Hacienda, que se ha limitado a realizar una simple agregación de lo que se le pe día. Sin embargo, nadie secunda su propósito de disminuir las partidas concretas de gasto que generan su crecido nivel total. Los ministerios de gasto confían al Ministerio de Economía y Hacienda que pueden disminuir su partida, pero que se atenga a las consecuencias electorales y políticas de esa decisión. Los perceptores de la política de gas to público -pensionistas, funcionarios, parados, empresas y actividades subvencionadas creen que su partida de gasto se ha reducido. ya al límite de lo posible.

De modo que, en estas circunstancias, el ministro de Economía y Hacienda se encuentra situado ante una cifra total de gasto público que a todos asusta y por la que se le califica, incluso, como despilfarrador, y unas partidas de gasto público que se consideran por sus administradores los departamentos ministeriales de gasto- y por sus perceptores sociales como irreductibles. El drama de esta esquizofrenia social agobia al ministro de Economía y Hacienda, que padece las consecuencias de una situación ciertamente contradictoria, en la que una sociedad ama apasionadamente las partidas de gasto público y odia la suma total que, simplemente, las agrega.

Ante esta situación, quien elabora el presupuesto dirige con esperanza su mirada hacia los ingresos públicos. Pronto se convence de que las cosas están aquí, incluso más difíciles, porque el remedio de aumentar los impuestos para cerrar la brecha con los gastos públicos es peor que la enfermedad del déficit, ya que toda la sociedad proclama los males del déficit, pero nadie cree que elevar la presión fiscal sea una solución posible para reducirlo. Las quejas que levanta apretar el tornillo de la imposición se explican por motivos diferentes y justificados: la presión fiscal sobre las familias ha duplicado ya su participación en el PIB en los años de nuestra democracia, los impuestos empresariales han pasado del 7% del PIB en 1975 al 13% del PIB en 1994 y el aumento de los impuestos sobre el gasto, en fin, agudizaría la inflación. No hay salida por esta alternativa porque, además y sobre todo, las promesas políticas con más atractivo popular son las' de mantener -y, mejor aún, disminuir- la presión fiscal. Gobernar en nuestra sociedad parece haberse convertido en el ejercicio imposible de gastar sin gravar. Un ejercicio informado por una poderosa ilusión fiscal que no lleva sino a la administración irresponsable basada en el déficit público.

Esta situación dramática genera la cuarta fase del presupuesto: la de las tijeras, tijeras imaginarias, que ofrece, con frecuencia, el responsable de esta suma del gasto público (el ministro de Economía y Hacienda y, a veces, hasta el presidente de Gobierno) invitando a quienes critican su crecido nivel, entre los que se encuentra la oposición política: "¡Corten ustedes, dígannos qué partidas hay que disminuir!". Una súplica que no encuentra respuestas ni en la sociedad, ni en los ministerios de gasto del propio Gobierno, ni en los perceptores de las transferencias presupuestarias ni, por supuesto, en los partidos políticos de la oposición.

El tiempo va cayendo sobre esta amarga situación y, llegado septiembre, se abre la quinta fase del ciclo presupuestario: hay que cuadrar el presupuesto, pues el día 30 de este mes debe presentarse a las Cortes generales. Y el presupuesto se cuadra.

¿Cómo? Utilizando tres alternativas:. Presupuestando la disminución efectiva del gasto público. La víctima propiciatoria para ajustar el gasto resulta ser siempre la misma: las inversiones públicas que no tienen tras de sí intereses personales, aunque constituyan la partida con más productividad para intensificar el crecimiento de la producción y la competitividad de la economía. No ha existido en España política presupuestaria restrictiva que no haya disminuido la inversión pública.

2. Con la ayuda de las debilidades y agujeros de las leyes que regulan nuestras costumbres y procedimientos presupuestarios, con lo que se consigue la disminución aparente del gasto presupuestado, pero no su disminución efectiva. Ese ajuste aparente del gasto público se logra aprovechando la laxitud del presupuesto, que permite gastar más en ciertas partidas cuyas previsiones presupuestarias no limitan el gasto efectivamente realizado. La primera posibilidad de laxitud presupuestaria la ofrecen los calificados como créditos ampliables, cuyos titula res pueden aumentar la cuantía del gasto consignado. De esta manera, el aumento real del gas to público nada tendrá que ver con la cifra presupuestada. La cuantía del gasto aprobado en el presupuesto puede modificarse, también, incorporando los re manentes de créditos del ejercicio anterior, o bien, concediendo créditos extraordinarios o su plementos de crédito a determinados gastos públicos. Los cambios en los criterios de contabilización del gasto público de uno a otro ejercicio permiten, también, aumentar la cuantía real del gasto público sin modificar la cifra presupuestada. Todas esas vías de laxitud del gasto minoran su cuantía aparente, pero no su realidad al fin del ejercicio. El presupuesto se cuadra al comienzo del ejercicio con unos gastos previstos y se descuadra al final: la desviación producida por esa laxitud presupuestaria supuso, en el periodo 1989 1993, nada menos que el 22%.

3. Finalmente, es el reconocimiento del déficit público el que cuadra contablemente la cuenta presupuestaria para el siguiente ejercicio. Déficit público convertido en acompañante inevitable de todos los presupuestos de nuestra democracia.

Cuadrado así el presupuesto y aprobado por las Cortes, se entra en la fase final de su ejecución y liquidación que eleva las cifras previstas del gasto, ante las que ya no tiembla ningún grupo social de los amedrentados por el rigor amenazante que se predicaba en primavera del presupuesto futuro. Porque el rigor presupuestario ha desaparecido en el presupuesto actual. Los valores finales del gasto público y del déficit no hacen temblar sino a quien analiza las consecuencias de ese comportamiento o a quien deba realizar el presupuesto siguiente, que recibirá la pesada herencia de un gasto público mayor y un déficit público continuado. Un déficit público arraigado en las costumbres y leyes que gobiernan el ciclo de nuestro presupuesto, leyes y costumbres que hemos convertido los españoles en una forma de vivir y gobernar.

Enrique Fuentes Quintana es catedrático de Hacienda Pública y ex vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos.

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